
|
Infancia y juventud
Sus padres fueron Elizabeth Van de Meulenhof y Guillermo Van Lieshout. Fue bautizado el mismo día de su nacimiento, y le fue impuesto el nombre de Humberto. La fuerza del llanto del recién nacido y su tamaño auguraban un hombre fuerte, grande y muy saludable; así alimentaba las esperanzas de su padre, agricultor humilde en tierras difíciles, paro siempre esperando días mejores. Era el octavo de once hermanos. A los 5 años de edad, el niño ingresó a la escuela infantil del Instituto San José, establecimiento regido por monjas. Tenía una gran capacidad para comunicarse y un gran liderazgo, era muy travieso, por lo que muchas veces recibió la reprimenda de sus padres. Todas las mañanas se levantaba muy temprano para asistir a la misa y comulgar antes de salir con sus amigos a la escuela. Su piedad y la postura que guardaba en la Iglesia, hacían que la gente le llamara con el apodo de San Luis y en la casa le decían el cura, porque solía jugar a celebrar misa con sus hermanas. Era de carácter jovial y sociable, muy apreciado tanto en casa como fuera. Siempre estaba preocupado por su futuro; no podía imaginarse a sí mismo como agricultor, tarea que no le atraía. Un día, el sacerdote de la parroquia le llamó y le habló de la posibilidad de entrar en el Seminario. Humberto desde niño se sintió atraído por las funciones y prácticas sacerdotales, le dijo que le respondería más tarde. Para cumplir con su deseo, quiso hacer estudios secundarios contra el parecer de su maestro que no le veía dotado para ello, porque no tenía muchas ganas de aprender, ni facilidad en asimilar contenidos ordenados y sistematizados. Su padre le quería para las labores del campo. Ante esta postura, Humberto le dijo: “intentaré dar lo mejor de mí mismo y nosotros debemos tener confianza en nuestro Señor. Las cosas irán bien”. Tras las huellas de Jesús Fue a Grave con su padre quien le encomendó al Superior del Seminario Menor de los Sagrados Corazones. Al principio lo pasó muy mal en la nueva realidad: horarios para todo, vida comunitaria que suplantaba la individualidad, la falta de los padres y hermanos, además del recuerdo de los amigos con los que antes se encontraba todos los días. Pasada la primera semana, se dedicó a los estudios y sin notario, se adapté al día a día. Poco a poco todo se le hizo más sencillo, el estudio más interesante y se sintió favorecido por Dios y premiado por la invitación que el sacerdote de su parroquia le había hecho. Se sentía el centro de atención de sus compañeros cuando, de forma muy personal, contaba anécdotas interesantes y chistes que causaban mucha risa. Algunas veces, por su temperamento autoritario y altivez ciertamente desarrollada, llegaba a ser exagerado en sus palabras y en sus actitudes; sin embargo, estaba siempre dispuesto a reconocer sus errores con humildad y a hacer lo posible por corregirlos. En los estudios, sus notas eran malas y el futuro poco prometedor. El era solo un agricultor, pero se esforzaba a pesar del bajo rendimiento y del lento aprendizaje. A pesar de estos antecedentes, sus superiores no lo mandaron a casa cuando al fin del segundo año, fue suspendido. Con mucha pena por el fracaso, fue de vacaciones a la casa paterna, pero no se dio por vencido; de regreso al Seminario después de una discusión con uno de sus hermanos, no se volvió a lamentar para recibir estímulos o consuelo por su mala suerte; más bien se dedicó a los estudios con más cuidado y atención ya que en caso de nuevo suspenso, él sabía que no tendría oportunidad para realizar sus estudios en los seminarios de la Congregación, cuyos miembros gozaban de buena fama intelectual. El 23 de septiembre de 1913, fue admitido al noviciado, que en aquel tiempo se encontraba en Tremeloo en Bélgica. Tomó el nombre de Eustaquio, con el que se le ha conocido desde entonces. Ante la invasión alemana de Bélgica en aquel año, tiene que regresar a su casa. Esta situación duró poco tiempo y pudo continuar el noviciado en Holanda, haciendo su profesión temporal el 27 de enero de 1915 en Grave (Países Bajos) y la profesión perpetua el 18 de marzo de 1918 en Ginneken (Países Bajos). En 1916 concluyó los cursos de Filosofía y en 1919 los estudios teológicos. Sus profesores consideraban que iba adquiriendo una buena visión teológica y un buen criterio para la práctica pastoral. Fue ordenado sacerdote el 10 de agosto de 1919. Su padre manifestó una gran alegría de ver a su hijo celebrar en el altar. Ministerio en su propio país (1919-1924) El 20 de Agosto, fiesta de la Asunción de Nuestra Señora, celebró la primera Misa en su parroquia. Los superiores lo enviaron al ámbito de la formación, motivados sobre todo por su vida de oración y su espíritu de familia. Ahí pasó un año como socio del maestro de novicios en Vierlingsbeek. Luego pasó dos años en Maasluis, asistiendo a los obreros del cristal que eran walones de lengua francesa y se habían refugiado en los Países Bajos. Con ellos demostró un gran celo apostólico y el Estado belga lo condecoró por sus servicios a esa minoría. En 1922, logró que este grupo de inmigrantes volviera a su patria. Por último, dos años en Roelofarendsveen donde tuvo una actividad muy intensa en las organizaciones parroquiales, en el confesionario y en la asistencia a los enfermos. Pronto corrió la noticia de que sus oraciones producían verdaderos milagros, pero él no dio importancia a esos rumores y con sencillez seguía trabajando por el bien de las almas. El Superior Provincial decidió enviar al P. Eustaquio a América del Sur junto con otros dos sacerdotes. En Agosto de 1924 fueron a España para estudiar español; pero los designios de Dios se cambiaron y en Abril de 1925 llegaron a Río de Janeiro en Brasil. Misión en Brasil (1925-1943)
Se sentía tranquilo y rezaba por los que había dejado atrás. La travesía del océano duró 22 días. El P. Eustaquio llegó con sus hermanos ss.cc. y unos religiosos belgas les dieron la bienvenida. Se hospedaron en el convento de las Carmelitas, donde se encontraron con Monseñor Antonio de Almeida que les acogió con mucha cortesía y les ofreció la parroquia de Nuestra Señora de la Abadía en Romaria, denominada entonces Agua Suja, donde trabajó 10 años. En 1934, llegaron más sacerdotes holandeses y asumieron una parroquia en la Arquidiócesis de Sao Paulo. Le pidieron al P. Eustaquio que se hiciera cargo de ella. A él no le hizo ninguna gracia esa idea, pero siempre dispuesto a obedecer, reconoció la voluntad de Dios en la opinión del Consejo y aceptó salir del Santuario en donde se había ganado el cariño de los parroquianos. Con el alma limpia y el corazón palpitante, viajó a Sao Paulo en ferrocarril. Al llegar, se creó a parroquia de Nuestra Señora de Lourdes en Poá y el P. Ernesto de Paula, lo posesionó como primer párroco el 15 de febrero de 1935. Recibió también el encargo del cuidado pastoral del barrio de San Miguel Paulista. Poá no se parecía en nada a Holanda y su mentalidad le resultaba ajena. Era una de las ciudades que más crecía en todo el mundo, tenía fuerte influencia de las sectas espiritistas y existía bastante indiferencia entre la gente. Los trabajadores madrugaban para ganar su sustento. Además, llegaban tarde e iban directo a sus casas para dormir unas pocas horas. El cuadro social era bastante distinto de los otros lugares donde había trabajado. Al principio, el párroco se asustó porque no se acercaban ni los niños ni las mujeres que se quedaban en la localidad. Tuvo una sensación de vacío e inutilidad, de incomodidad y aún de desprecio. Pero pronto se adaptó a las nuevas exigencias y adoptó otros comportamientos y estrategias. Así, sin otra opción que su fidelidad a Dios, entró en los problemas de sus parroquianos sin mayor impacto. En charlas sencillas empezó por valorar el trabajo y el vigor del carácter de los poaneses. Muy poca gente iba a iglesia los domingos, así que comenzó a visitar los campos de futbol llenos de atletas y aficionados. Usó la táctica de la simpatía y la cordialidad; visitaba con frecuencia a los enfermos y ancianos que no podían ir a la Iglesia; el resultado fue que cada domingo recibía más fieles católicos, que incluso querían conocer más a su párroco e intercambiar puntos de vista con él. ¡Era incansable! y el fruto de su esfuerzo y dedicación llegó en corto tiempo, los habitantes se hicieron fervorosos y reaccionaron positivamente a todas las interpelaciones. A partir de 1937, se desarrolla con mayor fuerza en el P. Eustaquio, el don de curación por intercesión de S. José. Esto fortaleció la fe del pueblo y fue liberándolo de la tendencia a la superstición. Su fama se extendió por todo el país y de todos lados comenzaron a llegar personas para verle y obtener por su medio el favor de la curación. Poá se convirtió en un centro de acogida de miles de peregrinos en busca de consejos, bendición y curación del P. Eustaquio. El les atendía con cariño y paciencia, pero no podía atender a todos. Se dirigía a la multitud con palabras alentadoras: “Tengan fe y confianza. ¡DIOS es grande!...” Las personas lo consideraban santo y milagroso. Se sentía confuso y humillado cuando muchas personas buscaban tocarle y se persignaban con piedad delante de él. El ser tan buscado, no era signo de prestigio; era una pesada carga que, aunque la llevara con amor, perjudicaba a los poaneses. Atendía dieciocho horas diarias en confesiones, entrevistas, bendiciones y misas. El P. Eustaquio se daba tiempo para hacer su adoración diaria al Santísimo Sacramento, rezar el breviario y meditar el Evangelio. Como penitencia, no dormía en su cama, sino en una incómoda silla o en el duro suelo para vencer la vanidad y el orgullo. Aún así, al día siguiente, se levantaba, hacía sus oraciones iba pronto a la Iglesia para atender a sus fieles. La población de Poá se quejó por la afluencia excesiva de peregrinos y con ello: los atracos, aumento de mendicidad, la dificultad del transporte, los enfermos contagiosos, la especulación de los precios... Peor aún, cuando periódicos y emisoras daban noticias diarias referentes al P. Eustaquio y no faltaban los titulares sensacionalistas. Hasta los espiritistas distribuyeron folletos que le enaltecían como “un hermano espiritista más evolucionado”. El, obedeciendo al Arzobispo, desmintió esta noticia, dirigió sermones defendiéndose de lo que decían contra él y demostró la falsedad del espiritismo. No se sentía bien atacando a nadie porque su misión era llegar a las personas necesitadas de conversión y sabía que dios le querían en un trabajo de bondad cautivadora y no de prepotencia ruidosa ni de demostraciones autoritarias. En una de sus predicaciones decía: “Os digo mis queridos hermanos, yo no soy espiritista, nunca lo fui y creo que el espiritismo es uno de los mayores enemigos de la humanidad. Es increíble el mal que puede hacer y hace al pueblo” Después decidieron transferirlo a otro lugar, pero sin salir de Sao Paulo, porque su conducta sacerdotal inspiraba respeto hasta en los enemigos del catolicismo y su interés por la causa de Dios y la salvación de las almas edificaba a todos. Salió de Poá el 13 de mayo de 1941 sin avisar a sus parroquianos y sin despedirse siquiera de sus amigos más íntimos. Abatido, con ojeras y muy pálido, era la imagen de una persona exhausta física y sicológicamente. Por eso lo enviaron un mes a una de las casas de la Congregación en Minas Gerais y al recuperarse, recibió otra obediencia. Apostolado en diferentes lugares (1941-1942) Fue enviado al colegio “Regina Pacis” en la ciudad de Araguari. Recibió la orden de no salir en público y permaneció oculto durante tres días. Toda la ciudad ya sabía de su presencia y el P. Eustaquio comprendió que su encierro sólo servía para provocar revueltas y frustraciones en los fieles y no construía fraternidad. Viajó a Patrocinio, donde sus superiores pensaban dejarlo por largo tiempo hasta que bajara su popularidad y pudiera trabajar normalmente en alguna otra parte donde no le conocieran. Esto no se dio, porque en el día de su llegada, centenares de personas fueron a él llenos de fe y entusiasmo, dejando perplejos a los superiores que no sabían qué hacer con su excepcional hermano. Era muy apreciado por todos sus hermanos de la Congregación, sin embargo, nadie lo quería en su convento por miedo al revuelo de los fieles. Fue conducido a Río de Janeiro y al cuarto día, había una multitud esperándolo después de la misa. Los reportajes en periódicos y en radios tenían como titulares: “Milagros en pleno Río de Janeiro” o “El santo de Poá está aquí y confirma su fama”. Sus hermanos estaban preocupados por la afluencia de la gente y por verlo tan cansado; además se sentían muy incómodos desde que llegó. Sus superiores le impusieron una serie de normas y entre ellas atender solo en el confesionario. Atendía hasta ocho horas diarias. Conversiones, curaciones, sabios consejos y convivencia tranquila con toda la comunidad, hicieron feliz el día a día del P. Eustaquio. El 12 de febrero de 1942, asumió la parroquia de lbiá, e hizo el viaje a Belo Horizonte, cumpliendo una obediencia más lleno de buenas disposiciones para continuar su misión evangelizadora. Ultima Misión El tres de abril de 1942, llegó a Belo Horizonte y el siete, tomó posesión de la parroquia Santo Domingo, ubicada en la periferia y constituida por gente sumamente pobre que tenía como Iglesia Parroquial una pequeña capilla llamada Cristo Rey. A esta comunidad, rica en fe y necesitada de asistencia material y espiritual, el P. Eustaquio llegó precedido por la fama de taumaturgo y de santo, cualidades que atrajeron a muchos fieles y curiosos a la solemne toma de posesión. Los fieles buscaban al P. Eustaquio para pedirle bendiciones especiales, consejos y confesión. La capilla y los sectores aledaños eran repletos de personas por lo que se tuvo que hacer un horario de atención con tarjetas numeradas. Tres meses después, el Arzobispo revocaba las normas que le había impuesto y le invitaba a visitar otras parroquias, colegios y conventos. El P. Eustaquio pidió permiso para buscar un terreno y construir una iglesia parroquial más grande y más cercana a la población. El Arzobispo no quería invertir dinero alguno. El párroco solicitó al alcalde la donación de un terreno, propiedad del municipio. Éste, que se sentía favorecido por una gracia especial recibida por un familiar suyo, hizo la donación el 9 de septiembre de 1942. El arzobispo autorizó que la nueva parroquia fuera dedicada a los Sagrados Corazones de Jesús y de María. El 16 de mayo de 1943, el Arzobispo de Belo Horizonte, en solemne ceremonia, bendijo y puso la primera piedra del templo, hoy conocido como Iglesia Padre Eustaquio. Después del festejo, el P. Eustaquio dijo en tono profético “No veré el fin de la guerra, empecé la iglesia, pero no la terminaré” Nadie le tomó en serio porque en ese entonces gozaba de buena salud y diariamente salía a buscar recursos financieros y materiales para la gran obra iniciada. Muchos le admiraban por la piedad en su ministerio espiritual y el dinamismo desarrollado en las cosas materiales. Quería mucho a los niños; trataba con la misma paciencia y cariño a los fieles sencillos y humildes como a los sacerdotes y autoridades. Jamás tuvo preferencia por condición social, dinero o apariencia y atendía a todos según el orden de llegada, excepto a los enfermos, los primeros para él y a los que no exponía a riesgos innecesarios. El 18 de agosto en un retiro para niñas de un colegio expresó que aquel era el último retiro que predicaba. El día 22 se sintió cansado, abatido y por la noche sudaba mucho, ardía en fiebre y temblaba. Con dificultad se acostó sin tomar medicina alguna. Al amanecer del 23 de Agosto, el P. Eustaquio celebró la misa de las seis. Tenía su voz cansada, respiración difícil y gestos inseguros. Estaba tan mal que después de repartir la comunión, fue a la sacristía donde cayó sentado en un banco. Fue llevado inmediatamente a la casa parroquial. Al ver que el P. Hermenegildo, ss.cc. muy afligido, iba a buscar al médico, le dijo: “Quédese tranquilo. No hace falta.. De ésta no salgo” Al día siguiente, el padre tenía el cuerpo lleno de manchas rojizas, mostró al médico el punto donde había extraído una pequeña garrapata. Este dato facilitó el diagnóstico: tifus exantemático, por entonces incurable. Su hermano Hermenegildo, al conocer la gravedad del caso, lo ingresó al Sanatorio Minas Gerais, situado en los límites de la parroquia. Ahí confirmaron el diagnóstico: la sangre estaba ya irremediablemente envenenada. Su situación empeoraba. Con todo, él se mantenía sereno y aceptaba todo con espíritu resignado. La fiebre era incontrolable, el dolor y la debilidad invencibles. No obstante, no protestó ni exigió nada en ningún momento. Varias veces, según las personas que le asistían, fue sorprendido balbuceando una oración. Recibió los santos sacramentos y el 29 de Agosto, sufrió un ataque violento y largo; a las 9 de la noche, renovó los votos religiosos; los médicos y enfermeros, se emocionaron al notar la mirada radiante del padre repitiendo la fórmula: Yo, Eustaquio, conforme a las Constituciones, Estatutos y Reglas, renuevo mis votos de pobreza, castidad y obediencia como hermano de la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y de María a cuyo servicio quiero vivir y morir, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. El 30 de agosto, llegó el P. Gil, ss.cc. Superior Provincial del Brasil, angustiado y llorando, entró a la habitación del P. Eustaquio. Sus ojos se abrieron, reflejando alegría y con voz emocionada y gran esfuerzo exclamó: “Padre Gil, gracias a Dios”. Sonrió y dejó caer el cuerpo en la cama. Suspiró profundamente por tres veces y, a continuación, con el semblante de quien ha cumplido con todo, falleció. Eran las 10:45 cuando su corazón dejó de latir para adentrarse para siempre en el amor de Dios. Cuando se supo la noticia, multitudes estaban reunidas en las afueras del hospital; a pesar de ser lunes, todos dejaron sus actividades. El respeto, las lágrimas y la sensación de una pérdida irreparable se hicieron sentir como un acontecimiento sorprendente. El 31, por disposición oficial del ayuntamiento se decretó luto oficial de tres días. Su entierro fue en el cementerio de Bomfim (Buen fin). Su tumba se llena de cartas con peticiones de gracias, velas encendidas y muchas flores, símbolos de gratitud. Los periódicos también, publican anuncios con peticiones y acciones de gracias. Pasado el tiempo, los fieles se apegaron a la memoria del padre Eustaquio y se multiplicaban las noticias de gracias alcanzadas por su medio, así se inició el proceso de Beatificación. Además de todos los milagros que se le atribuyeron en vida, existió una curación extraordinaria que se dio a un devoto (Padre Belén) en la capital minera. Cuando tenía 39 años, fue curado de un tumor cancerígeno en la laringe. El 31 de enero de 1949 fueron trasladados sus restos mortales a la Iglesia de los Sagrados Corazones y depositados en la capilla mortuoria. Cada año llegan miles y miles de fieles para pedir y dar gracias por algún favor recibido o para vivir un momento de encuentro con Dios. A partir de aquel día, el barrio y la propia iglesia pasaron a ser denominados con el nombre del Padre Eustaquio, y lo mismo algunos establecimientos comerciales o de servicio.Para el pueblo, su intercesión es garantía de: consuelo para los que sufren, riqueza para los pobres, alegría para los tristes, perdón para los pecadores, salud para los enfermos, paz para los que lloran, seguridad para los débiles alegría para los devotos, ejemplo para ¡a iglesia. |