LOS JÓVENES DESAFÍAN LA VIDA CONSAGRADA

Amadeo Cencini

El objetivo de estas páginas’ es reflexionar sobre la personalidad de los jóvenes de hoy: de los jóvenes en general, y en particular de los jóvenes que piden ingresar en las instituciones formativas religiosas. Tal personalidad, por cierto, está ligada a la cultura contemporánea, entendida en sentido amplio, y determina también su correspondiente manera de leer e interpretar el propio acontecimiento vocacional.

 Al mismo tiempo, quisiéramos evitar reincidir en la acostumbrada lista de las características de la juventud de hoy, tal vez para concluir que... hay que rehacerlo todo. Nuestra intención es más bien escoger algún elemento más central que nos permita, por un lado, comprender el sentido de la transición generacional, y, por el otro, intuir, -en la medida de lo posible, si es que lo es,- tanto el grado de autenticidad vocacional cuanto la eventual orientación de una intervención formativa, de la que sin embargo no nos ocuparemos

 El texto es la transcripción, con las necesarias adaptaciones, de la ponencia del autor presentado en el Congreso USG de noviembre de 1995.

 Para una presentación al día de la actitud de los jóvenes con vocación hacia la vida consagrada y de sus dotes humanas y espirituales. cfr. Pinato. S. La rita religiosa e it ‘nuovo” trapaure e speranze (La vida religiosa y/o ‘nuevo” entre temores y esperanzas), en: AA.VV. “Nuovi giovani. nuove vocazioni, nuova formazione” (Nuevos jóvenes, nuevas vocaciones, nueva formación). Roma, Rogate, 1994, p. 22-25.

Trataremos de ver, en primer lugar, al menos a grandes rasgos, la situación cultural general sobre cuya base es percibida la vida consagrada, interpretada según una cierta imagen de los jóvenes de hoy, y de la cual es posible deducir toda una serie de expectativas, pretensiones, problemáticas desafíos y frustraciones respecto de la vida consagrada, siempre por parte del abigarrado mundo juvenil. El objetivo declarado es el de identificar los caminos a lo largo de los cuales la vida consagrada puede encontrar a los jóvenes de hoy.

No es poco frecuente ni sin fundamento la impresión de que la vida consagrada hable un lenguaje arcaico, viejo, obsoleto; un lenguaje que corre el riesgo de no llegar a su destino, ni puede esperar que logre suscitar interés y atracción en quienes como por ejemplo los jóvenes, adhiriéndose a ella y reconociendo en ella una razón plausible de vida, buscan que pueda garantizar su fiel continuidad a lo largo de los años.

Tal vez sea precisamente éste el drama de la vida religiosa de hoy.

La Situación Cultural general

A nosotros nos parece que la situación actual del mundo juvenil está caracterizada por dos elementos fundamentales: la pérdida del sentido del misterio y la debilidad de la cultura de referencia.

La pérdida del misterio

Tenemos ésta clara sensación: el joven de hoy ha perdido o está perdiendo progresivamente el sentido del misterio.

En efecto, se encuentra substancialmente satisfecho de su propia condición; con el mundo de los adultos no tiene grandes contrariedades, al menos no como la generación anterior; y, por otro lado, tampoco tiene especiales expectativas y aspiraciones: “La de los años Noventa es una juventud sin grandes aspiraciones y sin altos ideales; una juventud pragmática, más interesada en vivir lo mejor posible el momento presente que en proyectar y preparar el futuro: es una now generation”. “Después de decir esto, al menos, según la Terza indagine sulla condizione giovanile italiana (Tercera investigación sobre la condición juvenil italiana), realizada en 1992 por el Instituto IARD. Cfr. Giovani anni Novanta (Jóvenes años Noventa), en: ‘11 Mulino”, 42, 1993, p 33-52). o según el análisis de J. R. Alegre. Bases humanas de la maduración vocacional, en: “Todos uno”, 121. 1995, p. 59-63. De Rosa, G. Igiovani degli anni ‘90 (Los jóvenes de los años ‘90), en “La Civiltó Cattolica”, nueve siglos se asiste a un redescubrimiento del carpe diem de Oracio”5, con la consiguiente carrera al consumismo y con una sustantiva ignorancia del “sentido del misterio que penetra la vida”

En pocas palabras, por un lado hay la presunción de saber lo que basta para vivir; y, por el otro, la sensación de no poder conocer ni el misterio del propio yo, ni, mucho menos, algún misterio fuera de nosotros.

 Tal como comenta el jesuita Franco Imoda, “la realidad del misterio, con su altura y sublimidad, pero también con su profundidad y su amplitud, parecería condenada (...) a permanecer, como máximo, implícita. La pregunta, sobre todo la más radical, se queda muda y, en lugar del estupor que la provoca, se encuentra una especie de... indiferencia y modorra; la capacidad de interpretar, como facultad hermenéutica, se inclina a dejarse desplazar por ‘asociaciones’ o ‘collages”, con la pérdida de profundidad de los significados y de sus relaciones. La tensión o inquietud, presente más que nunca, tiene la característica de ser un estado de ansiedad; la decisión, que debería derivar de una orientación y al mismo tiempo contribuir a ella, es a menudo suspendida, mientras la voluntad, más o menos paralizada, tiende a postergar la opción, dejando a la persona, desconcertada y perpleja, en un presente incapaz de asumir el pasado cultural y de orientarse hacia un futuro con un proyecto, en actitud de espera” .

 Concolino, N. Giovani al microscopio:c’ voglia di presente (Jóvenes bajo el microscopio: hay ganas de presente), en ‘Avvenire”. 15 de mayo de 1994, p. 9.  6 Sigalini, D. La proposta della comunitá cristiana (La propuesta de la comunidad cristiana). (Pro manuscripto, p.3).  8

Ya tenemos un cuadro bastante expresivo; pero, veamos algunas consecuencias de esta pérdida del misterio frente a la posibilidad de una llamada vocacional o frente a un joven con vocación.

 No integración personal

 Quien está abierto al misterio de la vida humana logra de alguna manera unir y conservar juntos los “extremos” de la vida misma; es como si hubiera encontrado aquel núcleo fuerte y central que se pone “como una mediación dinámica entre su miseria y su dignidad, entre su ser y su no ser... , entre su ser corporal y su ser espiritual...” 8 entre el ideal trascendente y la realidad terrenal de su debilidad y vulnerabilidad, entre realismo y utopía, esplendor y miseria, desesperación y esperanza, delito y virtudes, y todas aquellas polaridades aparentemente contrapuestas que forman parte del misterioso empaste humano.

 Por el contrario, en la medida en que uno está cerrado al misterio, tampoco podrá descubrir la anchura y la longitud, la profundidad y la amplitud (cfr. Ef 3, 18) de su propia vida, ni tendrá la valentía de conocerse en sus aspectos positivos y negativos, de ‘bajar a los infiernos” del yo y, al mismo tiempo, tender hacia lo que le trasciende; y si finalmente es obligado a descubrir el mal que lo habita, entonces concluye y decide que no tiene vocación, lo abandona todo y se va ... O, si se abre moda, E. St’iluppo urnano. Psicologia e mistero (Desarrollo humano. Psicología y misterio).Casale Monferrato, Piemme, 1993, p. 372-3 73. Allí mismo, p. 340. 4  o es ayudado a abrirse a ideales nobles que podrían dar sentido a una vida (solidaridad, atención a los más necesitados, voluntariado , etc.), todo esto tiende a asumir facciones y fronteras limitadas, proyectos ad tempus (temporales o por tiempo determinado), en los cuales el joven “se presta” por un rato, no se da “para siempre”, quiere tener la situación bajo control, mantiene una puerta perennemente abierta, y no se entrega definitivamente a los demás, a un ideal, al misterio.

Relaciones parciales con la totalidad del objeto

Otra consecuencia de la pérdida del sentido del misterio es la incapacidad de colocarse en relación con la totalidad del objeto, es decir, del yo, del tu, de la vida, de la vocación, etc., todas realidades que incluyen el misterio. Quien excluye de su abanico de intereses, conscientemente o no, la realidad del misterio y se conforma con relacionarse con lo inmediato, lo fruitivo, lo inmediatamente descifrable y evidente, interpreta también el acontecimiento vocacional de manera reductiva e insuficiente.

Entonces, cuando la pretensión de que todo sea claro y convincente sustituye el coraje de sobrepasar la medida puramente racional, la vida se vuelve mezquina y repetitiva; y el hipotético “seguir a Cristo” se vuelve una sustancial falsedad: ya no sería un seguir al Otro que me lleva por caminos desconocidos hacia un futuro inédito e imprevisible, sino la pretensión de tener todas las informaciones antes de decidirme, tentativa de cautelarme y garantizarme un porvenir, y de predisponer las cosas sin correr riesgos, teniendo mucho cuidado en calcular bien cada movimiento (y terminando con dar vuelta alrededor de mí mismo...).

Aplanamiento general

El joven no suficientemente abierto al misterio es también un joven bastante apocado, que no conoce los grandes entusiasmos y las grandes pasiones, y tampoco los desgarradores conflictos y contraposiciones. Más en particular, hay un fenómeno que lo caracteriza: la inhibición del preguntar.

El misterio hace surgir espontáneamente preguntas; y, por otra parte, cualquier pregunta puede volverse una ocasión para aventurarse en el misterio. Pero el joven de hoy no parece ser en absoluto el inquieto buscador de sí mismo: se detiene satisfecho frente a respuestas de corto alcance y que no respetan el misterio; aun culturalmente e intelectualmente no es formado al gusto de la búsqueda personal, a la fatiga humilde y discreta del “pensar y reflexionar sobre las cosas”, y se conforma con aquel saber común y corriente, de veras mediocre (también en la esfera religiosa), que se alimenta de los datos comunes y los conocimientos obvios: en una palabra, es condicionado por el aplanamiento y el gregarismo, también cultural-espiritual.

Cuando la pregunta no inquieta el corazón, todo se aplana y destiñe miserablemente, pierde calor y color, de todos modos hay que subrayar que, de los 35.000 jóvenes que en estos últimos años han escogido el voluntariado, cerca de 400 han decidido luego consagrarse a Dios en la vida sacerdotal o religiosa (cfr. ‘Avvenire”. 10 de noviembre de 1995).

En una ausencia total de creatividad, pues todo se vuelve ya sabido y automático, listo para ser usado y consumido. En efecto, quizás sea precisamente esta sociedad del bienestar, con su lógica consumista y fiestera, la que sofoca el espacio del misterio. Lo dice muy bien Bruno Forte: “Es el sufrir, el morir que suscita en nosotros la pregunta, enciende la sed de búsqueda, deja abierta la necesidad de un sentido. El dolor revela entonces la vida misma. Donde nace la pregunta, donde el hombre no se rinde frente al destino de la necesidad, y por ende de la muerte, allí se revela la dignidad de la vida, el sentido y la belleza de existir” 10
Cuando, por el contrario, la pregunta no inquieta el corazón, la vida es como si saliera fuera del tiempo y no tuviera futuro; mientras tanto, la propia vocación deja de ser un “llamado que viene desde lo Alto”, siempre impredecible y original, y se vuelve algo que se repite sin ninguna novedad y frescura interpretativa.

 Instrumentalización del misterio

Sin embargo, pensándolo bien, la categoría del misterio no es que esté ausente, sino que a menudo es intrumentalizada, es decir, usada con una connotación estática y negativa. En otras palabras, no es raro que incluso el joven en situación de búsqueda o ya en período de formación “use” este término (aunque no intencionalmente) como una especie de coartada para no cambiar (“Estoy hecho así”) o para no decidir (“No Forte, B. Confessio theologi. Aifilosofi (Confessio theologi. A los filósofos). Nápoles, Cronopio, 1995.

¿Cómo podría tomar una decisión?), sin siquiera preocuparse demasiado por ello, como si fuera un destino fatal. Y así el misterio es despojado de su función positiva y dinámica, como señal de una dimensión trascendente o como una interrogante y un llamado a ir más allá, hacia una verdad-belleza- bondad tan atractiva como inalcanzable. Y el joven decide por su cuenta no seguir caminando...

El misterio (y la apertura hacia el misterio por parte del joven y del educador) es condición imprescindible para ingresar en un real camino de búsqueda vocacional y de formación.

Una cultura débil

Otro elemento que parece influir de manera particular en la personalidad del joven de hoy es un cierto tipo de cultura que yo no dudaría en definir “débil”. Cultura en el sentido lato del término, como mentalidad general, o atmósfera persuasiva, o manera de entender la vida y lo que en la vida vale, de la cual deriva una caracterización débil del deseo, del pensamiento y del sentido del yo (de la identidad). Es lógico que también el joven respire de esa atmósfera y que también su “instalación” vocacional acuse su influencia en la calidad y la consistencia.
De esta cultura veremos algunas consecuencias “vocacionales”

De los tres elementos aquí mencionados se hace un amplio análisis en
Cencini A., Per amore. Libertá e maturitá affittiva nel celibato consacrato  (Por amor. Libertad y madurez afectiva en el celibato consagrado). Bolonia,  Dehoniane, 1994, p. 121-148.

La caída del deseo y del desear

Es un fenómeno ya señalado, aunque sólo velozmente, y que, en realidad, ha tenido una larga incubación en la sociedad de hoy, cubriendo un recorrido que, desde la gratificación del instinto del placer, “culturalmente” impuesto como estilo de vida, lleva lentamente a la inercia de la muerte psíquica, es decir, a la indiferencia general, a la incapacidad de gozar de lo que la vida ofrece, pero también de renunciar a sus propias pretensiones, y, de allí, a la pobreza cualitativa y a la reducción cuantitativa de los deseos, casi a una parálisis o a una lenta eutanasia de la capacidad de desear. Dicho de otro modo: cuanto más uno hace lo que le da la gana, tanto menos gusta de lo que hace (en efecto, muchos jóvenes ya no saben cómo divertirse: han pasado de la “fiebre” del sábado al “aburrimiento” del domingo por la tarde); o también, cuanto más uno es sistemáticamente gratificado y satisfecho en sus placeres, tanto menos aprende a sufrir la falta (o la renuncia) y luego la conquista de sus deseos; es decir, no aprende nunca a desear de manera intensa lo que es digno de ser deseado. Es un problema de dinamismos psíquicos antes que de contenidos, de actitudes (o no actitudes) psíquicas antes que de virtudes morales, pero con inmediatas consecuencias en la esfera de la libertad.
Es un dato comprobado que los jóvenes desean poco y de manera repetitiva, y, paralelamente, parecen a menudo incapaces de autoimponerse (o escoger) una renuncia, por mínima que ésta sea. Así, aun aquellos que ya se han decidido por una opción vocacional son a menudo jóvenes con una notable sensibilidad social que, por ejemplo, los hace muy atentos a los más necesita dos, o tienen una gran sed de autenticidad y de espiritualidad. Estos son aspectos por cierto positivos, que probablemente los distingue de la generación anterior. El problema está en que a menudo estas predisposiciones o deseos positivos no son suficientemente intensos ni adecuadamente sostenidos por una correspondiente capacidad de decir “no” a deseos alternativos, y por eso a menudo son deseos que terminan abortados o volatilizados.

Desde un punto de vista psicológico, está claro que existe una relación de recíproca influencia entre deseo y renuncia: el uno refuerza al otro, y al mismo tiempo es reforzado por él. Aquí no podemos profundizar mayormente el discurso, sino sólo señalar la debilidad e inconsistencia de un proyecto vocacional donde es pobre la capacidad de renunciar como la de desear. ¿Qué puede realizar en la vida quien no ha aprendido a decir “no” a sí mismo, para escoger con todo su ser lo verdadero, lo bello y lo bueno? Y, sin embargo, ésta parece ser la situación campante en la presente sociedad del bienestar, con las consecuencias que se puede fácilmente imaginar.

Tal vez en las familias y en la educación familiar de hoy hay un derecho que no es suficientemente respetado: el derecho al sufrimiento. Cuando el sujeto no aprende a sufrir, su deseo será débil y la renuncia improbable; y pobre será también su capacidad de pensar la vida en sentido vocacional, así como su capacidad de soñar.

 La crisis de la belleza y del sentido estético

 Otra señal de decadencia general y cultural con un origen muy preciso es el pensamiento débil. Pero, si el pensamiento es débil, ya no existe belleza; o la señal estética será muy endeble; y el criterio, ambiguo. Es decir, la belleza es como desencajada de sus fundamentos y privada de sus raíces; y, por consiguiente, es impedida también de conseguir su fin, que es el de expresar la fascinación de la verdad, ofreciendo al individuo, inevitablemente atraído por la belleza, motivos para una opción, volviéndose incluso ella misma motivo para una opción. Es triste y peligroso que el pulchrum sea hoy cada vez más desvinculado del verum y del bonum, y por ende no pocas veces envilecido y negado, cuando no deformado o desfigurado por la ambigüedad.

Son espantosas hoy las crisis del gusto y el decaimiento del sentido estético y poético; y evidentemente duele el hecho que a sufrir las consecuencias de ello sean sobre todo los jóvenes, y que esta crisis repercuta negativamente en la vida y en las opciones existenciales. Y, sin embargo, no basta por sí sola la motivación teológica (‘Dios me llama”) o la ética (“Es un deber hacer una opción oblativa”) para acreditar una opción vocacional y garantizar fidelidad. Se necesita también una motivación ‘estética”, es decir, la capacidad de dejarse atraer por algo que se ha experimentado como intrínsecamente bello y que da belleza a su propia vida; el descubrimiento, entonces, que es bello, y no sólo justo y santo, darse a Dios, ser totalmente suyos, cantarlo, celebrarlo, anunciarlo, amarlo, servirlo.

 En el fondo, esta motivación estética, así entendida, es la premisa de la actitud mística, o parte de ella; y si uno hoy no tiene el “cromosoma místico” es muy difícil que pueda vivir bien la opción de consagración, así como sin poesía es difícil vivir la prosa de la vida. La ausencia o la escasez de este “cromosoma” quiere decir, una vez más, ausencia o escasez de pasión, la materia prima de un proyecto de consagración.

La desconfianza narcisista básica

Finalmente, el mal del siglo: el narcisismo. Dicho de una forma extremadamente sintética, es el síndrome no sólo o no tanto de quien no ha sido amado, sino de quien no reconoce el cariño recibido, no se conforma con él, o lo desprecia sutilmente porque limitado o porque recibido de personas limitadas, o lo considera obvio, como una obligación del otro y como un derecho propio, sin percatarse de ninguna gratuidad. El narcisista es una mezcla de ingratitud y de codicia, un triste enamorado de sí mismo.

En una sociedad de bienestar y de bienes dados en abundancia, notémoslo bien, esa figura no constituye un fenómeno raro, porque incluso el cariño dado y recibido corre el riesgo de volverse un bien de consumo, algo recibido más o menos abundantemente, a tal punto que se vuelve casi superfluo, incapaz de tocar las fibras de alguna sensibilidad o emoción, o de alguna capacidad de apreciarlo, como si fuera algo debido y más que obvio y sobreentendido, sin la conciencia de que es algo grande y completamente gratuito, sin sentir la menor gratitud hacia nadie, sino más bien con la pretensión de juzgar, recriminar, manifestar insatisfacción...

También, otro posible origen del síndrome narcisista, la real falta de cariño y de estabilidad afectiva en el período de la infancia y la adolescencia. Lamentablemente es una situación cada vez menos rara en nuestra sociedad, donde se va resquebrajando la solidez y estabilidad del núcleo familiar. Son cada vez más numerosos, también en nuestras instituciones, los jóvenes que tienen en su pasado historias de precariedad familiar, de traumas emotivos que han dejado en la conciencia (o en el inconsciente) una inseguridad fundamental acerca de su propia “amabilidad” (entendida como calidad de poder ser amado), como una sed que no ha sido saciada en su debido momento y que corre el riesgo de determinar una dependencia crónica y una penosa frustración.

La vida del narcisista, consecuentemente, cualquiera que sea su origen, corre el riesgo de volverse una búsqueda continua de amor que nunca se da por satisfecha, sino que crece peligrosamente, cada vez más exigente, y en la que el otro es instrumentalizado y no es considerado ni respetado en su dignidad, mientras el propio yo es debilitado progresivamente por la duda sistemática o por la falta de aquellas dos certezas que hacen libre afectivamente a una persona: la certeza de haber sido amado y la certeza de poder y saber amar.

Sin estas dos certezas, también el escoger la vida religiosa como opción de vida entraña un gravísimo riesgo; pues, la energía afectiva, cuando es sustraída al otro y a Dios y orientada hacia uno mismo, es como si se corrompiera en una especie de abrazo mortal a su propia imagen, mientras lentamente la propia energía emotiva pierde su carga energética, y el individuo se vuelve cada vez más apático, frío y negado a toda emoción, difícil de entusiasmarse e incapaz de entusiasmar a los demás.

Hasta aquí, a grandes rasgos, la situación general, desde un punto de vista intra-psíquico, del joven de la presente generación. La radiografía parecería más bien negativa, pero era necesario identificar los puntos oscuros para comprender dónde debemos “corregir el tiro” en la propuesta educativa y vocacional.

 Además no está dicho que los puntos oscuros no puedan esconder una vitalidad profunda e indicar (o volverse ellos mismos) una pista para encontrar a la juventud de hoy.

Imaginario Colectivo juvenil de la Vida Consagrada

Quisiéramos ahora describir muy brevemente cómo es vista la vida religiosa hoy en el mundo juvenil; qué imagen se tiene de ella; qué es lo que ella evoca en el imaginario colectivo de los jóvenes de esta generación; a cuáles símbolos está vinculada; cuáles son sus más significativos representantes; cuál idea de ser humano supone; cuáles realizaciones y felicidades puede consentir; en qué relación es vista con la propia humanidad. Procedamos por puntos esenciales, tipo flash, deducidos del análisis anterior. Pero, digámoslo en seguida, en este imaginario colectivo de la generación juvenil emerge un diseño notablemente complejo y ambivalente de la vida consagrada, de tintes en claroscuro, donde la constatación de lo real se desposa o se enfrenta, según los casos, con la manera un poco soñadora, típica de los jóvenes, de proyectar y pensar el futuro.

 Este capítulo se refiere inmediatamente a la fase de la animación vocacional.

Una desconcertante ignorancia

 El primer dato es un poco desconcertante: la vida consagrada no es conocida por lo que significa; es percibida de manera confusa y sin distingos con respecto a la opción sacerdotal, o según banales estereotipos y lugares comunes, cuando no a través de falsas pre-comprensiones y prejuicios. Hay una especie de diafragma que parece impedir la comunicación entre vida consagrada y mundo en general, y entre vida consagrada y mundo juvenil en particular, que hace de la vida consagrada un objeto misterioso y no fácilmente identificable.

Es sorprendente pensar que en la era de la comunicación no estemos en condiciones de comunicarnos, de dar razón de nosotros mismos y de nuestra esperanza en términos accesibles a la cultura de hoy, con lenguaje juvenil”. El problema, evidentemente, no se relaciona únicamente con la capacidad de decir con palabras lo que se vive, sino con toda la vida, que debería hacerse comunicación de belleza, luz que ilumina, palabra que crea diálogo y elimina distancias, aquellas distancias que aparentemente siguen aún hoy entre mundo juvenil y mundo religioso.

Una imagen un poco triste

De la vida consagrada el joven de hoy tiene una idea en la que a menudo se subraya y enfatiza la vertiente negativa, el aspecto de la renuncia y el sacrificio, de la mortificación y el ascesis. Esta imagen, sin duda, es heredada del pasado, pero también está ligada al testimonio no siempre ni precisamente gozoso que logramos dar en nuestros días. Es cierto, por lo demás, que el sepulturero no ha entusiasmado nunca a nadie para que lo siga, y que “el lugar de los muertos” o shéol no ha sido nunca un destino codiciado por individuo alguno.

Pero es un hecho que los jóvenes de hoy piensan en la vida consagrada como en una situación esencialmente asociada no con la felicidad o con el sentido de plenitud y autorrealización, sino más bien con una cierta tristeza y auto negación, que llega a privar al hombre de experiencias juzgadas irrenunciables. (Pensemos, por ejemplo, en el voto de castidad, que de hecho es marginado por el propio animador vocacional en los planos y en los contenidos de la animación vocacional, y es mantenido casi escondido para no desanimar a nadie en el punto de partida... ¿Qué educador tiene hoy la valentía de hablar de la belleza de la castidad?).
Religiosos menos hombres o con una personalidad desteñida son los responsables de este decaimiento de imagen o de esta distorsión perceptiva.

 “... ¿Acaso vale la pena?”

 Estrechamente conectada con esta idea un poco lúgubre y, en la vertiente positiva, con el rescate de la vocación del laico, es hoy evidente también una cierta desconfianza juvenil respecto de la vida consagrada, desconfianza que se expresa más o menos así: “Acaso es realmente necesario escoger este camino, con todos los sacrificios que conlleva -(y son notables!)-, cuando aquellas mismas cosas puedo hacerlas o aquel mismo testimonio puedo darlo quedando en el mundo, como laico, viviendo la vida de todos?”.

Silo consideramos atentamente, también esta interrogante llena de desconfianza dice mucho acerca del grado de comprensión de la vida consagrada, de su mensaje y de su razón de ser, sobre todo si reflexionamos sobre otra tendencia de la sensibilidad juvenil de hoy, es decir, la tendencia a juzgar una institución, un ideal de vida, un proyecto existencial, sobre la base de la eficiencia concreta, de los resultados visibles e inmediatos, y de la capacidad real de mejorar una determinada situación.

En este sentido, los jóvenes de hoy hacen mucha fatiga en comprender no sólo ciertas renuncias, sino también aquella lógica, -que en sus raíces es una lógica pascual,- que aparece como telón de fondo de la vida consagrada, de la que es el alma, no respondiendo por cierto a los criterios de la eficiencia, de la mentalidad ganadora, de la pretensión de ser siervos útiles y de resolver inmediatamente todos los problemas saciando con cuatro panes y unos pocos pescados el hambre de todos.

Hay una lectura “sociologista” y horizontal que esconde una cierta pretendida omnipotencia, que desprecia la naturaleza de la opción de consagración y no permite percibir ni su riqueza ni su misterio. A veces, semejante lectura enfatiza y admira únicamente a algunos religiosos apóstoles de la caridad o de lo social (Madre Teresa, etc.), pero reduciendo su figura y su testimonio tan sólo a la acción visible e inmediatamente aprovechable, únicamente filantrópica.

Una visión ideal y referencial

Reverso de la moneda. Si, por un lado, hay un conocimiento marginal y, en resumidas cuentas, negativo o poco significativo de la vida consagrada, por otro lado debemos constatar en los jóvenes de hoy una profunda intuición del ideal religioso. A menudo esta intuición permanece implícita y como sumergida, no confesada ni articulada; o, diversamente, es lanzada hasta límites extremos, en la frontera entre la utopía y la idealización. Pero, precisamente por eso no es en absoluto desdeñable.

La vida consagrada es vista por muchos jóvenes creyentes como un punto de referencia esencial, - me parece-, particularmente respecto de tres sectores:

La autenticidad evangélica

 A veces la fascinación ejercida por el Evangelio y la belleza de la propuesta de Cristo chocan con episodios de contra-testimonio eclesial (véase, por ejemplo, una cierta gestión del dinero y del poder, la eventual connivencia con personajes no muy transparentes, la falta de valentía en seguir opciones dictadas por el Evangelio...). La vida consagrada entonces se vuelve el referente último de la esperanza de poder vivir íntegramente el Evangelio de Jesús:una vida consagrada libre de codicia, valiente en las decisiones, radical en la propuesta. Es verdad que estas expectativas pueden estar viciadas por un filón polémico respecto de la institución, o pueden expresar una idealización un poco ingenua de la vida consagrada, vista como una forma heroica de vida, más que como seguimiento fiel y humilde de Cristo o pueden derivar de un conocimiento parcial, simplista y no raras veces ideologizado del propio Evangelio. Lo que importa es que devuelve a la vida consagrada una de sus características esenciales y primordiales: ser expresión de la autenticidad del Evangelio.

La fresca expresividad

El joven creyente de hoy tiene una necesidad particular de nuevos espacios de expresión, y busca formas expresivas nuevas y más verdaderas, que dejen transparentar en mayor medida su mundo interior (véase la gran fuerza de atracción y persuasión ejercida por los grandes eventos musicales y religiosos, como las Jornadas de la Juventud, etc.).

En el plano de la comunicación social, en diferentes niveles, son evidentes la progresiva separación y el creciente alejamiento entre el lenguaje juvenil y los códigos lingüísticos “normales” de la sociedad; mientras, en la esfera de comunicación religiosa, el requerimiento de una expresividad más fresca se vincula, por un lado, con la búsqueda de una fe más encarnada, “dicha” en el lenguaje de siempre y adherente a la vida, y, por el otro, con la exigencia de que la propia fe o los valores y las palabras del Evangelio se vuelvan espacio simbólico y modalidad expresiva de la vida de los jóvenes.

Pues bien, la vida consagrada es a menudo el referente privilegiado, aunque no único, de esta búsqueda, porque percibida como menos vinculada a reglas, estructuras y praxis constrictivas y rígidas, en la lógica “parroquial”, y dotada de una mayor libertad expresiva y comunicativa (véase la disponibilidad a escuchar a quien sea y a adaptarse a las exigencias del territorio, a formas de vida comunitaria abiertas y flexibles con nuevos interlocutores, al diálogo con culturas diferentes, a la penetración en contextos sociales aún ignorados, a la propuesta de símbolos originales de fe, a experiencias y competencias nuevas, a opciones de vida riesgosas y valientemente evangélicas, etc.). También en este caso el imaginario colectivo juvenil parte de una concepción exigente y un tanto idealizada de la vida consagrada, pero muy cercana al sentido profético de ésta y a su característica de ser conducida por la impredecibilidad del Espíritu.

La experiencia personal y comunitaria de lo divino

El joven de hoy parece distante y un poco desconfiado respecto de lo sagrado y de sus formas expresivas, y también respecto de su propio deseo o necesidad de lo sagrado. En realidad, hay en él una imborrable búsqueda de itinerarios que tracen el camino hacia Dios y, sobre todo, de testigos de la belleza, la verdad, la cercanía, la alteridad y el misterio de Dios. Y esto es exactamente lo que busca y pide a los consagrados, desde siempre, en la Iglesia, señales de recorridos que lleven al Señor. ¿Acaso la vida consagrada, en efecto, no ha nacido para esto? ¿Acaso no ha sido, a lo largo de la historia, maestra de espiritualidad, compañera de viaje de cuantos han escalado la montaña santa de Dios? ¿Acaso no ha sido punto de referencia para los buscadores del Eterno?

Pero, lo que en particular atrae a los jóvenes de hoy es encontrar una comunidad donde se celebra juntos esta búsqueda de lo divino, donde se comparte la experiencia espiritual, donde se hace evidente aun exteriormente la fuerza unitiva de la Palabra, donde un carisma se vuelve ruta común de un mismo itinerario hacia Dios. En la Iglesia de hoy abundan los proyectos individuales de experiencia de lo divino, pero escasean los comunitarios, aquellos realmente practicados y recorridos por varias personas que precisamente por eso viven juntas
y se santifican juntas.

Es enorme la fascinación de una comunidad en la que de veras los bienes espirituales son de todos, recíproco don cotidiano. Y es un requerimiento dirigido de manera particular a la vida consagrada.

En este capítulo quisiéramos identificar mejor, tal como decíamos al comienzo, aquellas rutas a lo largo de las cuales encontrar a los jóvenes, sus expectativas, deseos, problemas, dudas y contradicciones, para poder realmente dialogar con ellos y ofrecerles un servicio de auténtica formación.

Si en el punto anterior hemos hablado de la idea que de la vida consagrada tienen los jóvenes en general, ahora hablaremos sobre todo de lo que ellos esperan de la vida consagrada, y de cómo la interpretan y se disponen a vivirla los jóvenes que ya han optado en ese sentido: los jóvenes en fase de formación.

Pero, antes, es necesario preguntarnos si ellos “hablan” de todo esto y si la institución está en condiciones de entender su propuesta. Es una premisa importante en nuestros días, y su respuesta no es nada obvia.

Jóvenes e instituciones: ¿diálogo en acción?

Los jóvenes de hoy se dejan entender: normalmente envía mensajes, no son herméticos, saben que tienen derecho a hablar y generalmente lo aprovechan. Desde
este punto de vista, el clima ha cambiado notablemente respecto de otros tiempos, cuando una cierta concepción de las relaciones aconsejaba u obligaba al joven o al “inferior” a guardarse para sí sus convicciones o ciertas ideas, o a hacerlas circular únicamente al interior de grupos reducidos cuando a veces las sentía hervir dentro de sí...

Pero hay quienes dicen, por el contrario, que las cosas no han cambiado mucho: quizás la relación no ha mejorado por doquier; a veces entre jóvenes e instituciones parece haber un diálogo de sordos; y ciertos mutismos embarazosos parecen más bien consecuencia de una comunicación destinada al fracaso o señal del temor a confrontarse, de la convicción de no poder encontrarse, cuando no son incluso fruto de pactos tácitos e interesados de no beligerancia.

¿De quién es la culpa? Digamos que el primer examen que debe hacerse es el de preguntarnos cuán abiertos y libres estén los canales de comunicación, especialmente en los ambientes de formación, para que en particular puedan permitir a los jóvenes manifestar su propia realidad interior con todos sus aspectos problemáticos. Si nuestros jóvenes son “mudos”, no es por cierto una buena señal, como alguien piensa ilusoriamente (“Mis jóvenes son serenos y obedientes, no tienen nada que objetar ...“); por lo general semejante mutismo depende de ambos sujetos en cuestión: un poco de los jóvenes, y un poco de la institución. Y si, por lo contrario, en su intervención, estos jóvenes son un poco impetuosos y levantan el tono de voz, ésta no es una buena razón para hacerlos callar, aun cuando contestan de una manera quizás descomedida y torpe un cierto pasado. En el fondo, como dice José Ingenieros, ‘cada generación debe enfrentarse como una ola poderosa contra el pasado. Los jóvenes que no son impetuosos son un peso para el progreso de su gente”. Mejor una cierta impetuosidad que la pax un poco cadavérica de quien no quiere ser molestado en su propia inercia.
Otro problema es el de preguntarnos hasta qué punto estamos en condiciones de leer, escuchar y descifrar el lenguaje religioso juvenil en sus abigarradas y a veces un poco inéditas expresiones. Podría quizás parecer un discurso extraño o fuera de la realidad. Pero, detrás de aquel lenguaje no acostumbrado podría ocultarse un valor importante; o aquel sueño podría esconder una realidad que sería una lástima perder. Precisamente por ello proponemos este análisis.

Los jóvenes: el sueño de los orígenes

Se ha dicho que la vida religiosa es auténtica y atractiva sólo “en su estado naciente” o primordial, es decir, en los primeros años de existencia de un Instituto. Si esto es verdad, tal como ya anotaba el P. De Couesnongle en un escrito de 1977, los jóvenes son la expresión continua, en cierta manera, de este “estado naciente”, pues lo que ellos buscan y desean, aunque confusamente a veces, es precisamente el entusiasmo y la radicalidad de los comienzos: “Quieren revivir ellos también, en la Iglesia y en el mundo presente, aquello que los primeros hermanos y las primeras hermanas han vivido, en otros tiempos, al lado del fundador o de la fundadora”

Ciertamente un abismo separa a menudo, como veremos, los deseos juveniles de su realización, pero, si es verdad que los jóvenes son símbolo de la vida consagrada en su estado naciente, la relación que se establece con ellos y con sus expectativas, por más utópicas y tal vez contradictorias que éstas puedan ser, normalmente dice también ... la edad de una familia religiosa, o sea, su juventud psicológico-espiritual, o su disponibilidad a “poner en crisis”, a buscar personificaciones cada vez más auténticas de lo que es dar testimonio y servir, a ser fieles al espíritu de los orígenes en la fidelidad inteligente y creativa a los tiempos presentes. Puede haber Institutos antiguos que son también muy jóvenes, y, por el contrario, puede haber familias religiosas recién nacidas que ya son viejas. Este es un motivo adicional para esforzarse en comprender la realidad juvenil y sus exigencias.

Ambivalencia de fondo

Lo que acabamos de decir nos deja entrever también otra característica importante de la actitud juvenil de hoy, ya señalada en el análisis del imaginario colectivo de la vida consagrada, es decir, una cierta ambivalencia, que en determinados casos roza la contradicción y que exige una particular atención en el plano formativo. Podríamos incluso tomar esta característica como la clave de lectura del presente capítulo. Generalmente nuestros jóvenes tienen una buena percepción valorativa, e idealizan al máximo la vida consagrada, tal como ya hemos mencionado, pero luego no están adecuadamente pertrechados para llevar a cumplimiento a sus aspiraciones y continuarlas. Y esto no hace otra cosa sino subrayar aún más la importancia de la formación individual y la necesidad de un particular tipo de acompañamiento tanto personal como comunitario.

Veamos entonces la manera de articular con la mayor precisión posible aquellas que podemos considerar las expectativas de los jóvenes respecto de la vida consagrada y las problemáticas que de ellas surgen en el ámbito formativo, partiendo de la característica de la ambivalencia, y buscando en cada caso un punto de encuentro.

Expectativa de radicalidad y temor del “para siempre”

Los jóvenes de hoy quieren una vida consagrada capaz de opciones radicales, sin componendas, y dotada de espíritu profético. Éste es un aspecto extremadamente positivo, porque revela los muchos acomodos y las repetidas traiciones del Evangelio y de la inspiración carismática originaria, y contesta aquella atmósfera de tibieza y mediocridad que lamentablemente es tan visible y perceptible en nuestros ambientes, constituyéndose en un indudable contra-testimonio. Es algo precioso que los jóvenes tengan viva esta sed de radicalidad, la misma que refleja, por lo demás, la naturaleza de la propia vida consagrada. Por ello es importante mantener una actitud positiva, por parte de la institución o del contexto comunitario, con respecto a esa exigencia.

Una panorámica atendible sobre los requerimientos y las problemáticas de los jóvenes religiosos y de las jóvenes religiosas en relación con la vida consagrada es la que ofrece la encuesta llevada a cabo en España en 1995 y publicada en Vida religiosa”, 78/5 (1995); cfr. también Domandatelo a loro (Pregúntenselo a ellos), en “Testimonio”, n°19 (1995), 14-15.

El problema es que, muy a menudo, esa justa exigencia choca con otro componente juvenil actual: el temor de lo definitivo, del “para siempre”, de la entrega total de sí, todo lo cual naturalmente termina con hacer menos creíble aquella exigencia, aunque no debería consentir a nadie “volatilizarla”. Por el contrario, será importante aprovechar inteligentemente esta sed de transparencia y autenticidad, y hacerles comprender que la exigencia de verdad comienza por uno mismo y por la valentía de descubrir su propia realidad, con todos sus componentes, aun los negativos, y que se vuelve profecía y testimonio incisivo únicamente cuando es fruto de coherencia personal, no sólo en los grandes gestos y en las declaraciones públicas, sino también en las cosas pequeñas y ordinarias, aquellas que sólo el Padre ve en lo secreto.

Sensibilidad social y pobreza de pasión

Hay otro punto donde salta a la vista una cierta contradicción: por un lado, los jóvenes quieren una vida consagrada atenta a las problemáticas sociales, a las necesidades de los pobres, de los marginados, etc.; y, por otro, “brillan” por una cierta frialdad emotiva, la misma que parece caracterizar la presente generación.

Es difícil, en efecto, enfervorizar a los muchachos de hoy; parece que está actuando en ellos, no por su culpa por cierto, un proceso de “reducción a cero” de la emotividad, que tal vez rebaja el nivel de la conflictividad en general, pero también debilita la pasión y la capacidad de apasionarse por algo, o la vuelve de corta duración, y frágil frente a las primeras dificultades. Y así los jóvenes son sensibles a la realidad de los nuevos pobres y piden legítimamente que la comunidad sea mayormente implicada en estos problemas; pero luego no se comprende muy bien si realmente quieren a estos pobres, o si de alguna manera los suyos son tan sólo poses “a la moda”; o surge la duda acerca de si tendrán la tenacidad de llevar adelante el ideal hasta sus últimas exigencias, y la coherencia no sólo de servir la causa de los pobres, sino también, apegados y acostumbrados como están a las comodidades, de vivir como pobres.

 De todos modos, todo esto, -la contradicción y la duda- no debería consentir que se descuide esta sensibilidad que tienen o, mucho menos, que alguien se ría de ella por lo contradictoria que es; por el contrario, el amor hacia los pobres, con todas sus exigencias, podría y debería constituirse en un punto de fuerza del plan de formación o en un punto de encuentro entre la sensibilidad juvenil y lo que está escrito en la mayoría de nuestras Reglas.
Será importante, entonces, ofrecer la posibilidad de “vivir en pobreza”, cuidando de que no se infiltren en la vida del consagrado los rasgos del modelo mundano de existencia, y favoreciendo relaciones concretas de acogida y de benevolencia hacia personas pobres y necesitadas, también para que aprenda de quién es pobre cómo ser pobre.

 Deseo de libertad y miedo de ella

Libertad es hoy una palabra mágica; para los jóvenes, particularmente, representa aquello de lo que son celosos, un derecho irrefutable, una bandera, la señal de la emancipación que testimoniaría el cambio generacional. Igualmente, de la libertad derivan otros valores, siempre vigorosamente subrayados por esa misma cultura juvenil: la independencia, el hacerse por sí solos (tal vez sin demasiado esfuerzo). Y sin embargo sería un grave error el dar por obvia la libertad del joven mismo y el presumir que sea libre de condicionamientos externos o internos, conscientes o no, y libre de crecer, de amar y de servir; y sería también un grave error, por una malentendida confianza, eliminar quizás toda estructura defensiva.

El joven no nace libre, ni es libre interiormente de acoger el llamado vocacional y las tantas ‘provocaciones” que lo alcanzan de todos lados durante el camino de su formación. La libertad de vivir el Evangelio es el punto de llegada de un largo camino ascético, con sus fases desestructurantes y reestructurantes, con el aprendizaje de la capacidad de renunciar y de desear, con una intervención no sólo sobre los aspectos conscientes, sino también sobre los conscientes.

Camino laborioso y pesado éste, que sin embargo el joven acepta recorrer si le es presentado como un camino de libertad, como condición para decidir en libertad y responsabilidad respecto de su vida. La libertad es una virtud antigua y moderna; es aquella condición sin la cual ninguna actitud puede decirse virtuosa. Y la libertad afectiva, en especial, proviene de la certeza de haber sido amado y de la certeza de saber amar: certezas que no todos poseen en profundidad y que deben constituirse en objeto de formación ellas mismas.

Grandes ideales y gran fragilidad

Normalmente el joven que entra en una institución religiosa es impulsado por grande valores; tiene en su corazón grandes ideales; tiene delante de sí grandes metas. A pesar del clima actual de mediocridad, el joven es sensible al llamado de lo que es grande y que percibe como tal, o que le es presentado como aquello que confiere verdad, belleza y bondad a su vida y a su identidad. Es importante, pues, que en la formación el tono sea elevado y que las perspectivas sean de largo aliento; pero sería un error imperdonable considerar que basta con presentar el valor y sus exigencias para obtener la aceptación y determinar el crecimiento del joven. Es verdad que él es sensible a los llamados que piden y ofrecen lo máximo, pero también es verdad que por lo general presenta una estructura personal todavía inmadura, y no raras veces viene de experiencias anteriores no precisamente positivas y constructivas en cuanto al proceso que lleva a la madurez, experiencias que pueden volverlo frágil de carácter, no lo suficientemente seguro de haber sido amado y de saber ahora amar, y, por ende, no totalmente libre en la realidad afectiva y a veces también sexual, inconstante en los propósitos, sin disciplina, incapaz de unificar su vida alrededor de un núcleo portante (“la piedra angular”), sin método de estudio, pobre en la capacidad de síntesis, y fácil a entrar en componendas (sin muchos escrúpulos o sentimientos de culpa), a veces incluso en campo moral. Sería un error ignorar todo esto; o asombrarse o escandalizarse de ello; o pretender que el joven por sí solo sea capaz de realizar una síntesis de todas las estimulaciones formativas que lo alcanzan (pensemos tan sólo a la riqueza del material teológico que recibe: ¿cuánto de este material se vuelve mediación educativa? Por lo general, muy poco); o pensar que el joven que nunca pone sobre el tapete el problema afectivo-sexual ya está maduro en esta área (quien no tiene problemas en esta área es él mismo un problema, ¡no olvidémoslo!).
El camino a lo largo del cual es posible encontrar a estos jóvenes es el del formador que no renuncia por nada a las grandes perspectivas de la vida consagrada, sino que, al mismo tiempo, tiene en cuenta estas fragilidades para ayudar a tomar conciencia de ellas, para detallar sobre la base de ellas las etapas de un camino contemplado en la perspectiva del ideal, para hacer (en cada momento que se necesite) una propuesta proporcionada, sin pretender conseguirlo todo y en seguida, para ayudar a vivir la fragilidad como lugar y morada de una potencia misteriosa.

Necesidad de comunión, y personalización de la relación

Finalmente, hay una evidentísima necesidad de comunión, de estar juntos, de celebrar juntos la vida, compartiendo no sólo los bienes materiales, sino también y sobre todo los espirituales, como ya hemos mencionado. Éste es uno de los aspectos más bellos de las expectativas de los jóvenes frente a la vida consagrada, un aspecto que subraya muy acentuadamente la diferencia con las costumbres de otros tiempos (attende tibi = ocúpate de ti mismo), orientadas hacia el

secreto de la privacidad, especialmente en materia espiritual. Pero, cuando esta apertura a la comunión debe ser traducida en actitudes concretas, en estilo de vida, en saber compartir efectiva y afectivamente, entonces emerge una cierta resistencia, algo así como un sutil espíritu individualista que funciona en sentido contrario. Creo que esto está ligado en gran parte a aquel clima general de desconfianza que se respira en la sociedad actual, donde las relaciones interpersonales son a menudo conflictivas, de sospecha, frías y metálicas e incluso metalizadas.., y no siempre son compensadas por una positiva experiencia familiar. Punto de encuentro entre las dos tendencias es, me parece, la necesidad del joven -necesidad también evidente, aunque no siempre confesada- de tener una relación personal con el formador o de experimentar la acogida total de la propia persona por parte de un hermano mayor que se hace cargo de ella, que le acompaña en el camino, que le permite la máxima apertura y confidencialidad.

Rahner confiesa muy cándidamente este peligroso individualismo espiritual de otra época: “Nosotros los ancianos, debido a nuestra procedencia y a nuestra formación (...) hemos sido espiritualmente individualistas, Si hay una experiencia del Espíritu hecha en común (...). aquélla es claramente la experiencia del primer Pentecostés, acontecimiento que, como era presumible, no consistió en la reunión casual de un conjunto de místicos individualistas, sino en la experiencia del Espíritu hecha por una comunidad (...). Yo creo que en la espiritualidad del futuro podrá desempeñar una función más determinante el elemento de la comunión espiritual fraterna, de la vida espiritual vivida juntos, y que hay que seguir adelante en esta dirección, lenta pero decididamente” [Rahner, K. Sollecitudineper la Chi esa (Preocupación por la Iglesia). Roma, San Pablo. 1982, p. 452-453. Las cursivas son nuestrasi. Cfr. también Goffi, T.; Secondin, B. (Dir.). Elementi di spiritualitá nella Chiesa del futuro (Elementos de espiritualidad en la Iglesia del futuro), en: “Problemi e prospettive di spiritualitá” (Problemas y perspectivas de espiritualidad) Brescia, Querinjana, 1983, p. 440-441.

Ésta es también una condición indispensable para hacer auténtica formación hoy, en una época en la que por parte de algunos se tiende a privilegiar la intervención sobre el grupo (por cierto indispensable, pero absolutamente insuficiente), y con jóvenes que a veces temen el encuentro cara a cara o una relación en la que tienen que salir en campo abierto a cara descubierta y prefieren más bien esconderse en el cómodo anonimato del grupo.

“Lectio divina” y “humana interpretatio”

La gran sed de espiritualidad, una de las señales más características y peculiares del actual despertar religioso, es también una gran sed de oración íntima con Dios y de meditación de su Palabra. Uno de los frutos de este despertar espiritual y de la atracción juvenil hacia la oración es sin duda la lectio divina, como expresión de una nueva (y, sin embargo, clásica) manera de contemplar la Palabra y orar con la Palabra, ¡casi un símbolo! Nuestros jóvenes meditan cotidianamente sobre la Palabra del día, muestran que saben gustar de este encuentro con la Palabra “viva y cortante más que una espada de doble filo”, ayudados en esto, como lo están ahora, por estudios bíblicos ciertamente más apasionantes y fruitivo que en el pasado, pero tal vez menos ayudados por la cultura general en la que han crecido, la misma que, como hemos visto, no abre hacia el misterio, es “aplanada” y totalmente horizontal, no se desposa con la poesía y la contemplación de la belleza, no libera el corazón y la mente para que tengan la valentía de entrar en el mundo de los deseos de Dios. Y así, mientras la lectio es devota y a veces también algo formal y de todos modos cumplida en sus fases canónicas (ruminatio, meditatio, oratio, contemplatio...), parece que allí no sale a relucir el salto de la fe, el coraje de interpretar la vida de cada día con la lógica de Dios, de hacer las cosas de siempre a partir de su Palabra con todos los riesgos que esto conlleva. Aquí probablemente emerge otra ingenuidad de tantos formadores: aquella de dar por obvia la fe de nuestros jóvenes o de considerar que ella es ya bastante madura; mientras, por el contrario, es fuerte en ellos la tendencia a seguir razonando y viviendo según la lógica natural, con la pretensión de entenderlo todo y de que todo sea claro y convincente, en una especie de culto iluminista a la racionalidad como sumo criterio de vida, como esquema dentro del cual todo debe forzosamente entrar y caber: votos, vida comunitaria, exigencias apostólicas, incluso requerimientos de Dios.

Será necesario, entonces, hacer comprender que la lógica del cálculo racional es de hecho reductiva y mortifica la libertad humana, vuelve gris y monótona la existencia, forma a jóvenes débiles e incapaces de exprimir al máximo su vida y su juventud, envejece antes de tiempo. Será indispensable, por decirlo con el poeta Mario Luzi, que el joven aprenda a “vivir el Evangelio como una praxis y no sólo como una cita bíblica”, que la lectio no sea únicamente lectura de la mente, sino que continúe a lo largo de toda la jornada, cambie el corazón y la mente y la voluntad del joven para que aprenda a “caminar sobre las aguas”, a echar las redes confiando en el Señor, sólo porque El se lo pide.
La palabra de Dios, entonces, como ruta preciosa a lo largo de la cual encontrar y acompañar a los jóvenes!

¿Quién mata el sueño?

Como vemos, la situación juvenil presenta cierto grado de complejidad, en el marco de un cuadro en el que las valencias positivas conviven con las de signo contrario. El secreto de la formación, como sucede en todo proceso educativo, es el de sacar a relucir lo mejor de la persona, para que con sus propias fuerzas pueda mantener bajo control o eliminar progresivamente el componente negativo, o convertirlo en lugar y ocasión de una preciosa e insospechada experiencia de Dios y de su misericordia. Obrando de este modo, se establece un punto de encuentro con la compleja realidad juvenil y con la realidad particular del joven en formación, y, aplicando la palanca sobre su lado positivo, se logra salvar aquel sueño que lleva dentro y que Dios ha guardado en su corazón. Si el joven sueña, el formador es aquel que lo ayuda a realizar su sueño, no a olvidarlo o a negarlo o... a dejarlo en el mundo de la fantasía y de lo irrealizable. El ideal de la vida consagrada no es un absoluto de perfección igual para todos en cuanto tal: absoluto es únicamente el Evangelio de Jesús o su persona, que todo consagrado está llamado a seguir y a “internalizar” según el espíritu de su propio Instituto, en la originalidad de su propia irrepetible humanidad. Es éste el sueño que, en la lógica del misterio, conjuga la utopía del misterio con su factibilidad, cargada de fatiga, si se quiere, pero posible.

Pero, ¿qué hay de este sueño? ¿Somos capaces de reconocerlo o al menos de captar alguna de sus señales? ¿Somos capaces, en ciertos casos, de hacer soñar a los jóvenes ya decepcionados en sus veinte años y que están perdiendo toda capacidad de tener ideales? Y las preguntas podrían continuar: ¿Quién ha matado el sueño de nuestras comunidades? ¿Quién se burla de aquel que es tan pequeño o tan joven que cree en los sueños? ¿Por qué a un joven, en cuyos ojos debería resplandecer el sueño de la libertad del hijo de Dios o de la bienaventuranza del seguidor de Cristo, lo vemos, por lo contrario, entristecerse a menudo en una atmósfera gris de aburrimiento, indiferencia, resignación y de ningún entusiasmo? Y, sin embargo, ¿acaso no es el sueño, para todos, el fuego secreto del “duro trabajo de vivir”? ¿Acaso no hay un hilo directo entre sueño e identidad (o yo ideal)? ¿Acaso el amor no se confía también al sueño? ¿Puede el sueño, sin ningún tipo de aprietos, ingresar en nuestras comunidades para encender en cada joven consagrado la sed de búsqueda, la pasión por lo Trascendente, el gusto por las cosas del Espíritu, la alegría del caminar juntos, aun siendo tan diversos, el encanto de la oración, la urgencia del anuncio...?

Es algo lindo que precisamente esta categoría del sueño sea conjugada con la esperanza, en el mensaje conclusivo del Sínodo de los Obispos sobre la vida consagrada; con la esperanza, exactamente, de que también los jóvenes de este siglo adhieran con entusiasmo a Jesucristo, descubierto y proclamado como tesoro de la vida: “A vosotros, queridos jóvenes, que amáis los sueños, proponemos esta esperanza nuestra como el mejor de vuestros sueños”. Es también la esperanza de todos nosotros.